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Parque Fluvial La Barquita: del hacinamiento al verde remanso de paz

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Hace cinco años La Barquita era un lugar amenazado, con severo hacinamiento, de ruidos de mucho movimiento humano. Unas 1,400 familias vivían en condiciones indignas. Hoy ese mismo espacio, de casi 15 hectáreas, es un remanso de paz, adornado por frondosos árboles, hábitat de aves, de cangrejos y otras especies.

El vaivén de las ramas verdes de caoba, ceiba, robles, palmas, cocos y otras plantas frutales, ornamentales y maderables evocan nuevos tiempos y del cuchicheo de la gente, de las peleas, de la constante bachata y dembow se pasó a la paz… El canto de las aves es lo que se escucha en primer plano y a lo lejos el motor los vehículos que transitan por el puente cercado.

Entre los árboles se alcanza a ver el río Ozama, que en esta ocasión, y porque en estos días llueve en su cabecera, abrazó con sus aguas el terreno antes ocupado por humanos, dando vida a especies acuíferas y de beber a los árboles, principal motivo de su crecimiento saludable y vertiginoso.

Este parque fluvial La Barquita, iniciado durante el gobierno de Danilo Medina, cada vez tiene más forma, pero los trabajos, aunque marchan, lo hacen a paso lento. Falta terminar obras de infraestructura por parte de la Unidad Ejecutora para la Readecuación de Barrios y Entornos, URBE, que construye al menos tres sistemas de tratamiento para aguas residuales con el propósito de evitar que las cuatro cañadas descarguen directamente en el río.

El principal problema sigue siendo la basura y al observar el bosque se confirma que pese a las trampas construidas para evitar que los residuos lleguen al río, el problema persiste.

Principalmente plásticos se aprecian por las extensas sombras creadas por los árboles, algunos de los cuales tienen hasta 30 pies de altura.

La parte de la vegetación ha estado a cargo del Jardín Botánico que ha sembrado más de 22,000 plantas de diferentes especies, la mayoría endémicas, algunas ornamentales y se incluyen también plantas acuáticas que fueron trasladadas de distintas regiones para ambientar este espacio lo más parecido a lo que era originalmente.

Los esfuerzos de URBE para que la alcaldía de Santo Domingo Este aplique un plan de recogida de residuos que evite que estos cuando llueva lleguen hasta el rio, parece no haber tenido mucho éxito. Se siguen lanzando fundas de basura, algunas son interceptadas en las trampas, pero cuando es mucha y la lluvia abundante, desborda las trampas y van a parar al Ozama.

En la pasada administración de la Alcaldía no fue posible controlar la cantidad de residuos lanzados a las cañadas y aunque junto a URBE se hizo un trabajo social, de concientización con los moradores del entorno, el problema sigue y mientras persista no es posible llamar al lugar parque para la recreación de la gente.

Las cañadas continúan regando agua, incluso por los paseos exteriores a la verja perimetral que se construyó para delimitar el parque y que son de uso para lugareños y visitantes. URBE, mediante una compañía contratista casi concluye tres plantas de tratamiento para las aguas de las correntías.

Son cinco años en espera del parque fluvial y ya algunos han olvidado ese proyecto, lo que no se olvida son esas imágenes dantescas desde el puente, antes del traslado de las familias cuando las casas se llenaban de agua hasta el techo cada vez que el Ozama reclamaba su espacio y la gente tenía que salir despavorida dejando lo poco que tenía con tal de salvar su vida.

Hoy el ruido, la gente y sus movimientos están en la Nueva Barquita, mientras en la vieja retornaron las aves con su canto y los sustitutos de los árboles que una vez fueron cortados por manos humanas.

* FUENTE DEL ARTICULO: DiarioLibre